Silencio y preocupación del Papa por la asunción de Jair Bolsonaro

Francisco está en las antípodas del modelo ultraderechista y neoliberal del nuevo presidente brasileño y mira con alarma el apoyo masivo que este tiene de los evangélicos pentecostales.

Ni una palabra, pero hay mucha preocupación del Papa y las cumbres del Vaticano por la instalación en el poder del presidente brasileño Jair Bolsonaro y su modelo ultraderechista y neoliberal, exactamente lo opuesto a las reformas sociales progresistas de la Iglesia de los pobres que auspicia Francisco. En la salsa de la angustia se mezcla otro condimento igualmente amargo: la victoria de Bolsonaro se sustenta en el apoyo masivo de los evangélicos pentecostales, que marchan hacia el primado religioso de los protestantes en los próximos años, tras pasar a los católicos brasileños que vienen en baja.

Las estadísticas implacables señalan que mientras Brasil está por llegar a los 200 millones de habitantes, los católicos descendieron del 74% a poco más del 60% en las últimas tres décadas. Algunos estudiosos afirman que el fenómeno se acelera. José Diniz, de la Escuela Nacional de Ciencias Estadísticas de Rio de Janeiro, estima que hacia 2030 los católicos serán menos del 50% de la población brasileña. Los evangélicos creen que a más tardar en 2026 dejarán atrás a la Iglesia católica, que hace medio siglo reunía al 90% de la población brasileña. El título de país católico más grande do mundo se destiñe irremediablemente y algún día no muy distante este cetro pasará a manos de México.

Durante la campaña electoral, Bolsonaro firmó con la Iglesia católica de Río de Janeiro un compromiso de que se opondría con todas sus fuerzas a la legalización del aborto y las drogas. Pero los “soldados de la fe” se convirtieron en el pivote fundamental en el camino de Bolsonaro hacia el Palacio de Planalto. Existe incluso una milicia con uniformes militares que agrada al nuevo presidente, bautizada como los Gladiadores del Altar. Su lema: “Brasil por encima de todo, Dios sobre todos”.

“Usted habla nuestro idioma”, dijo a Bolsonaro el pastor José Wellington, líder de la Asamblea de Dios. Los evangélicos influyeron decisivamente en el apoyo total del nuevo presidente a Israel, que llevará al traslado de la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén. El premier israelí “Bibi” Netanyahu fue uno de los invitados más celebrados en las ceremonias de asunción del mando del nuevo presidente.

La potencia evangélica se consolido así desde el norte al sur de América, homogeneizando religión y política en una experiencia que en Estados Unidos jugó un papel clave en la victoria de Donald Trump, con su vicepresidente Mike Pence como uno de los principales adeptos. Los católicos conservadores se mueven en estrecha intimidad en este formidable grupo de presión transversal. Trump ya señaló como su aliado íntimo a Bolsonaro. En EE.UU., los evangélicos cuentan con cien millones de adeptos y más del 80% votó por Donald for president en noviembre de 2016. En Brasil, 42 millones de fieles hicieron lo mismo con Bolsonaro, guiados por miles de pastores biblia en mano.

En el Vaticano se analizan de nuevo las razones del desastre y se susurran críticas a una Iglesia confusa, sin liderazgo, que se ha retirado de las periferias de las ciudades y de lo que Francisco llamaría las “periferias existenciales”, lavándose las manos de contrastar la avalancha derechista con una solemne declaración de neutralidad en la lucha política. El triunfo aplastante en Italia que instaló al primer gobierno populista el 1 de junio, tras la victoria de Donald Trump en EE.UU., fue una derrota seria que descompaginó los planes del pontificado bergogliano. Lo de Brasil es en varios sentidos aún peor porque agregó la victoria protestante. El 28 de setiembre pasado Francisco hizo un llamado ante evangélicos, pentecostales y carismáticos católicos a “construir lazos de auténtica fraternidad” en un “camino ecuménico” a la espera “de que el Señor nos guíe a la recomposición de la unidad plena”. Pero los resultados brasileños han puesto al catolicismo a la defensiva y obligan al Papa argentino a replantear sus estrategias en una fase crítica de su pontificado.

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